Mar 2023 | Ayacucho

A seguro se lo llevaron preso

Al amanecer del jueves 9 de diciembre de 1824, Antonio José de Sucre recorrió a caballo la línea del Ejército proclamando a los soldados, en alta voz: “De los esfuerzos de este día depende la suerte de la América del Sud; otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia”…

A las diez de la mañana los fuegos de las guerrillas y algunos cañonazos disparados de parte a parte dieron la primera señal del comienzo de las hostilidades.

Poco después se inició la sangrienta lucha, en la que había más que una opción: vencer o morir.

El Virrey de La Serna marchaba a pie, a la cabeza del centro de su ejército y fue uno de los primeros en caer prisionero. El encarnizado encuentro no tardó en producirse.

Favoreció –sin duda- a las armas republicanas la audacia el éxito del joven y valiente general colombiano, José María Córdoba, quien cargó sobre la división del general Gerónimo Valdez (era la principal y más guerrera), la que fue destrozada, no obstante la tenaz resistencia opuesta.

Así fue cómo la balanza de la Providencia inclinó su fiel en favor de los que bregaron por una esperanza, que en ese momento parecía inalcanzable.

En algo más de tres horas de reñido combate, en el que hubo 2.110 muertos entre ambos bandos, y en que surgieron heroísmos legendarios por igual, el general Sucre –con más de 2.000 prisioneros- era ya dueño de la más estupenda victoria, la más dudosa al iniciarse la contienda y la más ansiosamente esperada de todas las batallas de la independencia.

No debe sorprender que haya habido tantas bajas, por cuanto Ayacucho significa en lengua quechua: el “Rincón de los muertos”, etimología que viene de la gran mortandad que hubo, en una batalla, cuando los incas conquistaron el país.

Terminó así esta guerra de casi todo un continente, que comenzó medio siglo atrás, cuando los norteamericanos iniciaron las hostilidades contra los ingleses en abril del año 1775.

En la honrosa Capitulación, se estableció que los españoles que querían retornar a su patria, lo harían a expensas del Perú. Este compromiso se cumplió al pie de la letra. Todos los generales realistas optaron por embarcarse, no obstante que se les ofreció el mismo grado en el ejército peruano, actitud generosa opuesta al estigma de “guerra o muerte”.

Casi todos los oficiales que estuvieron en el Perú tuvieron cargos importantes al retornar a España y se los conocía como Los Ayacuchos.

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